Se cumplen 30 años de la publicación de esta emblemática novela de fantasía épica que marcó el regreso literario de la barcelonesa tras décadas de silencio La “libertad radical” de Ana María Matute, una escritora siempre al lado de los débiles La historia se ha contado muchas veces: tras su separación, en una época en la que las mujeres perdían todo derecho de custodia, Ana María Matute (Barcelona, 1925-2014) tuvo que bregar para mantener la relación con su hijo, que había quedado a cargo de su ex (siempre le estuvo agradecida a su suegra, a propósito, que le permitía verlo: al final, el entendimiento llega entre mujeres, entre madres). Como resultado, cayó en una grave depresión, que frenó su hasta entonces fulgurante carrera literaria –antes de cumplir los cuarenta años ya había publicado títulos tan emblemáticos como Pequeño teatro (1954), Luciérnagas (1955), Los hijos muertos (1958) o Primera memoria (1960)–, que la llevó a un periodo de bloqueo creativo que se alargó más de dos décadas. Durante ese tiempo, su agente, Carmen Balcells, esa mezcla de hada madrina y abogada irredenta cuando se trataba de defender los derechos de sus autores, la mantuvo durante sus problemas económicos y la animó a perseverar en la escritura de la gran novela que tenía entre manos.
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