Todos los trabajos han ido adaptando horarios, ritmos y condiciones a la nueva realidad calurosa, hay ayudas para climatizar los hogares, los ayuntamientos ofrecen refugios climáticos, y en los deportes de competición se hacen pausas de hidratación; pero nuestros hijos siguen pasando cinco o seis horas diarias en aulas horneadas Dale al play , que vamos: Arde la calle al sol de mayo, de junio, y tras el verano también al sol de septiembre, y los centros educativos repiten un curso más lo que ya es una tradición equiparable a graduaciones, festivales navideños y carnavales: dar clases por encima de treinta grados, incluso muy por encima de treinta grados. Alumnos amodorrados, desentendidos de la lección, quejándose de dolores de cabeza y disputando el sitio más cerca del ventilador; familias haciendo colectas para comprar pingüinos; AMPAs protestando porque un año más nos pille el calor sin haber acondicionado las aulas ; gobernantes prometiendo ambiciosos planes de climatización (o riéndose de los acalorados estudiantes ); y profesores que, por si no estuvieran ya quemados , tienen que trabajar a temperaturas que en cualquier empresa serían denunciables a la inspección de trabajo . Los profesores deben de ser los únicos trabajadores para los que no valen las leyes de salud laboral: el Real Decreto que desde 1997 regula las condiciones de seguridad y salud en los lugares de trabajo fija en 27 grados la temperatura máxima en interior para trabajos sedentarios; temperatura que en muchas aulas no conocen ni a primera hora, en edificios diseñados por arquitectos o funcionarios nórdicos (no, tampoco: en invierno, en mi tierra, vemos alumnos con abrigo y guantes en clase).